Sobre el creciente prestigio social de la ignorancia.
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Nunca en la historia de la humanidad, la ciencia y el conocimiento
habían jugado un papel tan poderoso. La ciencia y la tecnología son
hoy una de las principales fuerzas productivas. Los progresos en el
volumen de conocimiento, en su almacenamiento y en su transmisión son
vertiginosos. Sabemos hoy mucho más sobre los reptiles o sobre las
células eucariotas que lo que sabíamos hace unos siglos sobre todo el
universo. Disponemos de más información sobre el SIDA que la
información que la medicina acumulaba hace cien años sobre la
totalidad del organismo humano. Cualquier niño o niña (y que esté
disponible para los dos es también un logro muy importante) tiene en su
teléfono móvil más datos que los que se podían encontrar en mil
bibliotecas de Alejandría. Y todo eso al alcance de la mano y de modo
cuasi instantáneo.
La ciencia y el conocimiento en general ha sido siempre un bien
precioso y preciado para la izquierda. El movimiento obrero o el
movimiento feminista hicieron de la inclusión de los trabadores y
trabajadoras y de las mujeres en el mundo de la cultura y de la ciencia
un objetivo cardinal. Enseñar a leer y escribir a los jornaleros era lo
que hacían los anarquistas por los cortijos andaluces. Los ateneos
populares, las escuelas libertarias, los círculos culturales de mujeres,
las casas del pueblo eran focos de cultura y formación social. El mismo
Einstein dejo claro en numerosos escritos la “afinidad natural” entre
el socialismo y la ciencia. Marx y Engels hablaron de socialismo
científico. Darwin tuvo una implicación muy fuerte desde su juventud en
la lucha por la abolición de la esclavitud. Kropotkin todavía hoy es
citado por la biología evolutiva como antecesor en los estudios sobre
la cooperación en el mundo animal (incluido el humano).Para un
trabajador socialista o anarquista un libro era una biblia, un maestro
un santo y un científico un sabio. Conocí hace años a un viejo militante
comunista castellano que solía proclamar, con tono grave y
decimonónico, la siguiente definición, no exenta de una tierna
cursilería, de comunismo: “ Una sociedad será comunista cuando los
trabajadores discutan en las asambleas de fábrica sobre la estructura
del átomo”. Tal era el prestigio que tenia la ciencia entre la
izquierda, en unos momentos en que su poder de transformación es muy
inferior al actual.
Contra este afán por conocer de los explotados y explotadas se
enfrento siempre la oposición de las clases dirigentes, empeñadas en
mantener a las gentes en la ignorancia y en las tinieblas del
oscurantismo religioso. Como los Taliban hacen hoy con las mujeres
afganas, la iglesia, la monarquía o el franquismo condeno al ostracismo
cultural y al analfabetismo científico a millones de personas. La
escuelas, y no digamos la universidad, eran cotos vedado para las clases
populares y las mujeres. Leer, dialogar, experimentar, observar o
simplemente pensar ha sido en España siempre un deporte de alto riesgo
que te podía conducir a las mazmorras o a la hoguera inquisitorial. Como
dijo el fundador de la Legión española, Millán Astray :”Cuando oigo la
palabra cultura me echo mano a la pistola”.
Por eso me asombra el afán que tienen muchas personas de la
izquierda actual de autoinculparse de ignorantes. Cuando más podemos
saber menos queremos pensar, como si todos no tuviéramos los mismos
ojos, los mismos cerebros y el mismo Google para aprender. He
participado en asambleas de organizaciones progresistas donde había
gentes que presumía de no tener ni idea, y de no querer tenerla. Las
redes sociales son un hervidero de frases hechas, de corte new age, y
de informaciones falsas tipo “Bin Laden está vivo y trabaja en el
Mercadona de Montequito, que me lo ha dicho un amigo de mi primo que lo
vio”. Muchos dicen descreer de un solo Dios y se apuntan a creer en
muchos dioses como sin tener muchas creencias falsas fuera mejor que
tener sólo una. Una chica se desnudo el 25 S y dice que le rezó a ISIS
(por lo visto la Virgen del Carmen se le quedaba antigua). Las
profesoras y los profesores de primaria y secundaria tienen que sufrir a
diario el ninguneo, cuando no el desprecio, de padres zoquetes que se
vanaglorian de su incultura y que adoran a Cristiano Ronaldo o siguen
con devoción a Belén Esteban. La investigación de base en matemáticas o
biología de sistemas, por citados dos ramas, se enfrentan a diario a la
estúpida, por chulesca, pregunta : “¿y esto para que sirve?, mientras
ven como se les recortan medios y recursos sin que a casi nadie le
parezca mal. Cualquier explicación conspiranoica tiene mucha más
credibilidad que una explicación científica rigurosa. Y así podíamos ir
desgranando un sin fin de datos y experiencias. Seguro que cualquiera
de ustedes que lee este post, tienen otras muchas anécdotas que sumar a
estas. El “ascenso de la insignificancia” que describió Castoriadis y el
“asalto a la razón” de Luckas han confluido en una nueva versión
posmoderna: el prestigio social de la ignorancia. Una edición más del
uso del irracionalismo idealista como arma de engaño y alienación
masiva. Sólo por la violencia (forma antigua) o el engaño (forma
posmoderna) se puede conseguir que la gente actúe contra sus propios
intereses y en beneficio de una minoría cruel y avariciosa.
Es curioso ver como se llega a interiorizar como “naturales” y
“espontáneos” conductas y discursos que vienen de lejos, como este
“orgullo ciudadano de la ignorancia”. Ese “prestigio social de la
ignorancia “, lleva a situaciones tan ridículas como la de aquellos que
se hacen pasar por ignorantes, aunque no lo sean, por la supuesta
legitimidad que eso otorga a su discurso. Esto es algo muy del Tea
party americano donde se deplora a los “cabezas de huevo” (como decía
Reagan) y se alaba la ignorancia popular de Sarah Palin. Los que han
diseñado esa cultura del “orgullo ignorante” no son precisamente
ignorantes. Es la nueva forma de prohibición social de la cultura que
ahora toma, como todo en el capitalismo del consumo de masas, la forma
de autoprohibición. Ya no hace falta que ningún cura o militarote nos
saque la pistola cuando escucha la palabra cultura, nosotros mismo la
cogemos y nos suicidmaos. ¿Al fin y al cabo, como en el chiste, no es
ese el objetivo de toda mafia; que el asesinato parezca o un suicidio o
un accidente? Y esto es lo que está pasando con este creciente
prestigio social de la ignorancia: un suicidio cultural inducido por
aquellos a los que les interesa que la ciencia sea solo tecnología
aplicada al servicio del mercado capitalista.
En el nuevo espíritu del capitalismo, que tan bien analizaron
Boltanski Y Chapella, la participación “voluntaria” de los explotados
en su propia explotación es imprescindible. Por ello la importancia que
el capitalismo cognitivo cobra es muy relevante. El objetivo ya no es
construir una ideología religiosa o política alienante que justifique la
dominación y la explotación; sino la ausencia de ideología, la
dispersión infinitesimal del significado social, la satisfacción
patológica por la ignorancia, la ceguera intelectual deseada. El
capitalismo cognitivo no ofrece nada a cambio salvo la misma nada, la
naturaleza nihilista (no saber, consumir) es la propia de la mercancía
convertida en capital, cuya única regla es crecer y crecer en el vacío
cada vez mayor de la destrucción de los lazos sociales y del equilibrio
ecológico. La verdadera ideología del neoliberalismo es pues la
“ignorancia voluntaria”. Por eso el creciente prestigio social de la
ignorancia en esta crisis profunda ha de ser interpretado como el
ruido de fondo que emite el secreto y sigiloso avance de una fuerza
que amenaza destruirlo todo. ¡Sapere aude¡